La entrega de kits escolares por parte de Comfamiliar, un programa con 25 años de historia, es mucho más que un acto asistencial. Según su director, Lucas Arbeláez, es un espejo que refleja las profundas grietas de nuestro sistema educativo y una provocación para pensar en su futuro.
Arbeláez va más allá de la justa satisfacción por distribuir 64.000 kits. Plantea tres síntomas críticos: la deserción, el despoblamiento de aulas y el dilema tecnológico. Aquí, la columna se eleva de lo logístico a lo filosófico.
El director reconoce una demanda social por virtualidad, pero advierte con lucidez: “todo exceso es vicioso”. Propone un modelo híbrido, revelando el gran desafío: carecemos de la infraestructura y pedagogía para implementarlo con calidad. Sus visitas a colegios “abandonados” son el testimonio más elocuente.

La idea de evolucionar el kit hacia una tablet es tentadora, pero su cautela es ejemplar. Advierte sobre la edad inapropiada, la dependencia y cómo la inteligencia artificial puede vaciar el aprendizaje. “Si damos rienda suelta a una sola estrategia, se nos puede desbocar”, afirma. Es un llamado a que la tecnología en educación requiera un marco pedagógico, no solo entrega de dispositivos.
Finalmente, lanza una pregunta crucial sobre la corresponsabilidad: ¿cómo hacemos todos para que los niños no deserten? El kit es una pieza, pero la reflexión que propone es mayor: necesitamos un nuevo pacto educativo que discuta presencialidad, tecnología y salud mental.
Los kits son una inversión tangible. La invitación a repensar el modelo, que surge desde una caja de compensación, es su legado más valioso. Ojalá sea el punto de partida de un debate urgente.


